CECILIO: padre, cincuenta y cuatro años.
FENIX: hijo, treinta y un años.
KEVIN: veinte años. Maquinero.
Voz de Sonsoles, madre de Fénix
Voz de Maica, novia de Fénix.
Entrada de un anticuado taller de reparación de vehículos. El cierre metálico, que tiene una pequeña puerta de acceso en el centro, está bajado. Encima del cierre cuelga un cartel de chapa, oxidado, con el rótulo «Talleres San Cristóbal: somos de fiar» y superpuesta hay una tira adhesiva blanca en la que han escrito a mano: «Cerrado por cese».
A ambos lados del cierre metálico se ve parte de la fachada exterior blanca, con algún desconchón y el número quince pintado.
Se escucha el ruido de arranque de un motor de coche que, a medida se va acelerando, rechina hasta ahogarse con un sonido parecido a una tos seca. Por debajo del cierre sale una bocanada de humo negro. Fénix, que se encuentra en el interior del garaje, sufre un ataque de tos y abre la puerta de acceso para salir al exterior envuelto por una nube de humo gris.
Va ataviado con un mono azul, impecablemente planchado, y de uno de los bolsillos asoma un manual de mecánica.
FENIX (termina de toser, inspira profundamente y exhala). ¡Dios!
Vuelve a inspirar profundamente, saca el manual de mecánica del bolsillo y lo consulta, pasando las páginas con cuidado, chupándose un dedo, buscando algo en concreto. Al dar con el apartado en cuestión (“Problemas de arranque y transmisión en vehículos antiguos”) sonríe sacando pecho y levanta la vista: cuando ve al público se encorva y vuelve a entrar en el garaje, incómodo, dejando la puerta entreabierta un palmo, exactamente. Oiremos cómo abre el capó, cómo revuelve en una caja de herramientas, cómo rebufa al apretar algo en el motor y, de nuevo, el encendido del coche que chirría hasta que, finalmente, se vuelve a ahogar con un traqueteo.
FENIX (tosiendo otra vez). ¡Dios!
Se escucha el ruido de una puerta abriéndose de golpe y CECILIO, el padre, al que el público ve parcialmente a través de la puerta entreabierta, irrumpe en lo alto de la escalera que conduce del domicilio al garaje y desciende ruidosamente.
Al verlo aparecer, FÉNIX le da la espalda y continúa repasando su manual, aunque su disposición es la de alguien pendiente de todo lo que hace un incómodo intruso: cada vez que el padre mueve alguna caja como si buscara algo (ruidosamente, golpeando como si quisiera hacer notar su presencia; dejándola en medio como si pretendiera provocar al hijo con su desorden), FÉNIX da un respingo y cambia de postura reorientándose para evitar que CECILIO entre en su campo visual. CECILIO tose por el humo que hay acumulado y mira al hijo fijamente para dirigirse enseguida al exterior. Sale por la puerta y levanta el cierre de manera decidida: es un hombre maduro con el pelo largo, recogido en una coleta, y una barba poblada de canas y desarreglada. Lleva una bata de raso, con el símbolo hippie a la espalda, y zapatillas de garras de tigre de un amarillo chillón.
En el interior del garaje, ahora que el cierre está abierto, el público puede ver un foso de reparaciones, una manguera, varias columnas compuestas por neumáticos apilados e hileras de herramientas colgadas por las paredes, que producen la impresión de que el garaje estuviera abandonado desde hace mucho tiempo.
Repartidos aquí y allí, colgados de la pared o de alguna columna, hay tres o cuatro extintores, también viejos.
Y en el centro del escenario, encima del foso de reparaciones, preside la escena un anticuado SEISCIENTOS con la pintura descolorida y la carrocería bastante estropeada.
FENIX está apoyado en una torre de neumáticos viejos, estudiando su manual de mecánica, aparentando que no se ha dado cuenta de la presencia de su padre que vuelve a revolver estrepitosamente a su alrededor como si buscara algo. Cuando FÉNIX se decide por fin a bajar al foso para hurgar en los bajos del coche, CECILIO se asoma para espiar lo que hace su hijo pero en el momento en que FÉNIX sale del foso para volver a su posición, CECILIO disimula cambiando las cosas de sitio con tanto nerviosismo que tropieza con una hilera de neumáticos y la tira. FÉNIX por fin lo mira directamente y CECILIO levanta la barbilla con gesto desafiante.
CECILIO. Tu madre pregunta si la Maica viene a comer…
FÉNIX baja la vista al libro, visiblemente molesto. El padre se le acerca para mirar por encima de su hombro y FÉNIX le clava la vista con reprobación.
CECILIO (solícito) ¿Has visto los papelillos?
FENIX. Déjeme en paz, padre.
CECILIO (sigue revolviendo, apartando los bártulos, aclarándose la garganta, mirando a Fénix disimuladamente). ¿Y a qué hora esperamos al famoso mindundi?
FENIX abre el capó, toma una llave de la pared, la prueba en el motor, la vuelve a dejar en su sitio con cuidado; encuentra otra, y otra más y va probándolas una a una, volviéndolas a colocar meticulosamente en su sitio. Por fin, vuelve a ocupar el asiento de piloto y trata de arrancar: el coche ahora ni siquiera arranca, se ahoga con una tos seca.
FENIX (frustrado). ¡Dios!
CECILIO (acaba de encontrar los papelillos encima del techo del seiscientos, saca su taleguillo de tabaco para irse liando un cigarrillo). Ni regalado lo vendes.
(Voz de SONSOLES, desde lo alto de la escalera). Cecilio, ¿qué pasa con Maica?
CECILIO (al oír la voz de Sonsoles ha guardado el tabaco con un sobresalto, como si le hubieran pillado cometiendo una fechoría, sube la escalera y se asoma al interior de la casa) Que ya va, mujer. Cojona con las prisas… (baja un escalón, se asoma a la barandilla, le da un golpe a FÉNIX que está encorvado nuevamente sobre el motor). ¡Fénix!
FENIX (girándose hacia su padre bruscamente). ¡Qué!
CECILIO (chulo). Que qué le digo.
FENIX (volviendo al coche). Acerca de qué…
CECILIO. De la Maica: la traes a comer o te la llevas hoy domingo de parranda.
FENIX. Déjeme tranquilo.
(FÉNIX vuelve a tratar de poner en marcha el motor, parece que suena un poco mejor, aunque de nuevo se cala, así que vuelve a consultar su manual, cada vez más nervioso).
(Voz de SONSOLES). Cecilio, ¿qué pasa?, ¿no estarás fumando ahí abajo?
CECILIO (acercándose a la puerta). ¡Echa otro puñado, mujer, qué si sobra paella ya la cenaremos!
(FÉNIX levanta la vista del libro a lo alto de la escalera y CECILIO le sonríe con socarronería. FÉNIX frunce el ceño y se esconde en su torre de neumáticos para hacer ver al padre que lo ignora. CECILIO, en lugar de marcharse, cierra la puerta tras él, baja los peldaños arrastrando los pies y se sienta en el último escalón para fumarse el cigarrillo que acaba de liar, aspirando ansiosamente).
CECILIO (confidente). Neurótica está tu madre, ¿que no? La neura del accidente le ha entrado: ya no hay quién disfrute de nada. Anda que no es pesada tu madre, chaval: que tenga cuidado con fumar donde no debo, que no me encienda los cigarros sin pensar. Ni ganas tiene uno de echarse un pito… (aspira una profunda bocanada). Atiende a lo que te digo, Fénix: a tu madre es mejor contarle lo justo, que después no te la sacas de encima con sus monsergas.
(FÉNIX ha vuelto a ajustar algo en el motor, con decisión, como si hubiera encontrado una clave en el libro, e intenta arrancar el coche de nuevo, sin éxito.)
FENIX. ¡Dios!
CECILIO. Si es que es un coche muy antiguo, chaval. No merece la pena venderlo.
FENIX (más comunicativo ahora que se va dando cuenta de que el problema no lo va a conseguir solucionar él solo). Lo que no me cabe en la cabeza es que se haya averiado precisamente ahora: ni un problema en ¿cuánto? ¿Veinte años? Y justo cuando me sale un comprador, se avería…
CECILIO. Es lo que tiene la mecánica.
FENIX. No fastidie, padre. (Repasa el libro de mecánica, mira a su padre.) Lo que sucede es que tengo la negra.
CECILIO. La mecánica es más retorcida de lo que muchos se creen, chaval, y como a ti nunca te atrajo demasiado, pues eso.
FENIX. ¿Pues qué?
CECILIO. Que falla.
FENIX (cerrando el manual, mira a su padre mordiéndose los labios, acercándose al motor). Lo que no me explico es el ruido que hace, ¿usted lo ve normal?
CECILIO (sin moverse del sitio). He oído cosas peores.
FENIX. Ya podría echarme una mano, ya.
CECILIO. ¿Y qué quieres que le haga? Yo ya estoy aparcado.
FENIX. ¡Aparcado!
CECILIO. Retirado…
FENIX. Usted está jubilado para lo que le interesa: anda que le costaría mucho escuchar a ver qué le pasa...
(El padre se levanta de mala gana, con el cigarro en una mano y la otra en el bolsillo de la bata, se acerca al coche pero manteniendo cierta distancia, dando a entender que no le apetece implicarse demasiado en la avería).
CECILIO. Tú dirás…
FENIX (entrando en el coche). Escuche. (Fénix arranca el motor: el coche se ahoga, otra vez). Se ahoga, diantre, precisamente ahora se ahoga, ¿no lo oye? Está como asmático.
CECILIO. Esa es la correa de transmisión (FÉNIX lo mira contrariado). ¡El motor de arranque! No merece la pena: llama al comprador y se lo dices, que no arranca, y nos vamos a comer antes de que tu madre se ponga nerviosa.
(El hijo se pelea un poco más con el encendido del coche).
CECILIO (con el cigarrillo aún en la mano, abre el depósito para ver si tiene gasolina: es un gesto ridículo, como una especie de disimulo o burla al hijo y todo su esfuerzo, como si dijera: a ver si es que no tiene gasolina). Yo no es por joder, pero vas a tener que anularlo.
FENIX. ¿Quiere hacer el favor de no fumar al lado del depósito, que después pasa lo que pasa?
(El padre da una profunda calada al cigarro y lo tira por ahí. El hijo sale precipitadamente del coche, tritura el cigarrillo con la base de un extintor y vuelve a repasar el motor con el libro abierto en la mano).
CECILIO. Tú dirás lo que quieras pero ya te lo aviso: esto no lo vendes. (Fénix le lanza una mirada reprobatoria y Cecilio sube las cejas). Venga, llámalo, que se aguante. Ya encontrará otro coche.
FENIX. Ni lo sueñe: le haré una rebaja. Que se lo dejo en doscientos cincuenta euros, le diré.
CECILIO. Pero en qué cabeza cabe que nadie te vaya a comprar un coche que no arranca, vamos a ver.
FENIX (coloca la llave en la caja de herramientas, saca otra y vuelve al motor). Al tipo que arranque o no le importa poco, lo que él quiere es enseñarlo en una exposición de seiscientos.
CECILIO (repentinamente interesado, se acerca a Fénix). ¿Una exposición?
FENIX. Montará ferias de coches antiguos, ya sabe, exposiciones, como en el IFEMA. No le importará que no arranque, mucho menos si le hago una rebaja de, digamos, cincuenta euros. (Fuerza una sonrisa mirando al padre, se limpia la cara, manchándose de grasa. Cecilio arruga la boca). ¡Cincuenta euros de rebaja! (Frunce la boca con disgusto). ¡Tengo la negra!
CECILIO (pasando la mano por la carrocería, como si acariciara un pura sangre). No habías dicho nada de una exposición.
FENIX. Y a usted qué más le da. El coche es mío, ¿verdad? (Vuelve a intentar arrancarlo). Un regalo sorpresa, me dijeron, por tu trigésimo cumpleaños. Y me endosan esta reliquia que no da más que quebraderos de cabeza. Anda que me dieron la entrada del Twingo que yo quería. No: el seiscientos de desguace, que se cae a pedazos, para que sea el hazmerreír de la oficina. (Saliendo del coche para volver otra vez al motor con su librito). Y cuando al fin le saco partido, el cochino trasto se casca.
(CECILIO se acerca al motor, lo mira por encima y el hijo lo escudriña para descubrir adonde mira. Después se inclina contemplando la rueda delantera del conductor y el hijo se inclina también).
CECILIO. Igual si le damos un empujoncito… a los coches hay que perderles el respeto...
(Sin que FÉNIX se lo espere, CECILIO le propina una patada al neumático tan fuerte, que el coche se sacude y el retrovisor del conductor se descuelga un poco. Los dos se lo quedan mirando, FÉNIX con cara de espanto, el padre sube las cejas y lo arranca del todo como si hiciera un favor).
FENIX. ¡Qué hace!
CECILIO. Ayudar.
FENIX. ¿No ha oído que era para una exposición? (Le arrebata el espejo). ¡Lo ha roto! ¡Dios! (Intenta colocarlo, no lo consigue). Lo ha dejado inservible. (Sigue intentando colocarlo). ¿Dónde está el soldador?
CECILIO. A saber…
FENIX. ¡Dios! Igual si lo pego con cinta aislante…
CECILIO. ¿En la chapa?
(El hijo va a lo suyo, busca en la caja de herramientas un rollo de cinta, corta un trozo con los dientes y apaña el espejo de mala manera).
CECILIO. En la chapa no creo yo que quede muy bien.
(El hijo termina de colocar el espejo, guarda el rollo. Pasa un trapo por encima, como si estuviera ante una obra de arte, y encuentra un pegote en la puerta, otro pegote más allá, chasca la lengua y trata de quitarlos con el trapo y saliva).
FENIX. ¡Está hecho una porquería! Ande, haga algo útil: traiga un cubo con agua. Venga.
(El padre se mueve muy despacio, mirando a su alrededor, y el hijo se le adelanta nervioso: llena un cubo de agua, agarra una esponja de una de las estanterías. El padre da una vuelta alrededor del coche, rehusando con la cabeza, se lía otro cigarrillo).
CECILIO (cerrando el papelillo). ¿Sabías que este fue el quinto Seiscientos que se matriculó en todo el país?
FENIX (limpiando el coche con la esponja). Súbase a casa.
CECILIO. Se lo compramos de segunda mano a un abogao, como tú, un tipo bien formal, con levita y todo, ¿imaginas? ¡Levita! (El hijo lo mira con cara de pocos amigos). Llevaba no sé cuantos años con él y decidió cambiar de coche: «un avance», dijo. Tú no tendrías ni tres años, por eso no te acuerdas, pero fuimos a verle los tres: tu madre, tú y yo. Por aquel entonces yo llevaba unas barbas hasta aquí (se señala el pecho) y tu madre, ¡tu madre se peinaba como la Joplin! Tenías que haberla visto, con los pelos rizados como si fuera mulata y una camisa de gasa que se le veía todo: estaba bien buena, tu madre, atiende a lo que te digo. Pero el tipo ese era un estirado, así que nos ve aparecer con aquel carrito donde tú ibas callado —muy pero que muy serio ibas siempre, sin decir nunca ni mu—, señala a tu madre con su dedo de abogao y dice: «Me da la impresión de que esto será una pérdida de tiempo.»
FENIX. Menudo inepto.
CECILIO. «Creo que ha habido un error, me dijeron que ustedes eran una familia de fiar», añade el tipo sin apartar los ojos de tu madre.
FENIX. Un impresentable.
CECILIO. El tipo empieza a interrogarnos, desconfiado, que si no se esperaba esto, que si era el quinto seiscientos del país y no se lo vendería a cualquiera. Yo sabía que lo de cualquiera lo decía por las pintas y ya me estaba tocando las narices con su tonillo, así que le dije: «No hay que fiarse de las apariencias, amigo: a mí puede que tú me parezcas un pedazo de gilipollas y digo yo que no por eso lo serás, ¿me equivoco?». El otro, que se me pone chulo, que si no consiente que un desgreñado como yo le llame gilipollas, se me encara y tu madre ahí en medio, tratando de tranquilizarnos, explicándole que cuando quiera le enseña el acta de matrimonio para que vea que estamos en regla y todo lo demás. A punto estaba yo de darle dos hostias al abogao cuando tú, sin venir a cuento, saltas de la silla, te acercas al tipo, le tiras de la levita y le dices: «Seiscientos». Nosotros estábamos tan ofuscados que ni cuenta nos dimos de que te habías salido de la silla, y tú, venga a tirar de la levita, venga a decir «Seiscientos, Seiscientos», hasta que el tipo baja la cabeza hacia ti y dice: «Que sí niño, Seiscientos, que ya te hemos oído todos, pero aquí de lo que se trata es de si tus papás son de fiar, ¿me comprende, señora mía?», dirigiéndose a tu madre, a ver qué contestaba. Pero tu madre y yo estábamos boquiabiertos, mirándote alucinados: yo me agacho, te levanto en volandas y te digo: «¿Qué has dicho, hijo mío?» Y el tipo: «Ha dicho Seiscientos, ¿es que no lo han oído?» «Pues claro que lo hemos oído», dice tu madre, «pero es que a sus tres años aún no había dicho ni una sola palabra, hasta ahora». Y tú, entonces, levantas la mano y repites: «Seiscientos». Y bueno, tú madre y yo te abrazamos dando saltines como locos, te lanzamos por los aires y mira tú por dónde el tipo se enterneció tanto de vernos así de contentos, que nos volvimos a casa motorizados, ¿qué te parece?
FENIX. Ya.
CECILIO. ¿Me has atendido, chaval?
FENIX. Que sí.
CECILIO. Si es que nunca atiendes, Fénix: no te das cuenta de que, de alguna manera, este coche ha sido tuyo desde el principio, nosotros actuábamos de fideicomisos, ¿qué te parece?
FENIX. Vale.
CECILIO. ¿Sabes lo que significa fideicomiso, verdad?
FENIX. Lo que no tengo tan claro es que usted lo sepa, padre.
CECILIO. Significa fiador: nosotros cuidamos el coche por ti hasta que tuviste edad.
FENIX. Estrictamente hablando, para ser fideicomisos yo debería estar muerto, padre.
CECILIO (como si no hubiera oído nada). Fuimos los fiadores del coche, hijo.
FENIX. Sí padre, hasta los treinta. Anda que me lo regalaron a los dieciocho…
CECILIO. Te lo regalamos cuando tuviste carné, a ver para qué te lo íbamos a regalar antes.
FENIX. Ya le hubiera sacado yo partido.
CECILIO. Sí, malvendiéndolo por cuatro cuartos, a ver si no. ¡Este coche fue tu primera palabra!
FENIX. Que sí.
CECILIO. ¿No te parece importante?, ¿no te parece que algo así se merece una segunda oportunidad, en lugar de que te deshagas de él a la primera de cambio?
FENIX. Que no me enrede, padre, que esa batalla ya me la ha contado cincuenta mil veces.
CECILIO. Y aún así tú piensas deshacerte de un recuerdo como este, un símbolo.
FENIX. Una reliquia.
CECILIO. Lo primero que tú dijiste, después de tres años de silencio.
FENIX. ¡Un niño de tres años diciendo «Seiscientos»! ¡Vamos, por favor!
CECILIO. Se lo dijiste al abogao: él desconfiaba de nosotros pero te vio a ti, tan formalito, con aquel peto rojo con botones de manzana verde y pensó: «¡Tate! A este chaval tan formal se lo vendo, que bastante tiene con cargar con sus padres».
FENIX. Bastante, sí.
(Se hace un silencio incómodo).
CECILIO. Seguro que la Maica (el hijo lo mira de reojo) también piensa que eres bien formal: siempre hablándonos de usted a tu madre y a mí, como si no pudieras perdernos el respeto; siempre tan arreglado, tan planchado, con el pelo recortado hasta las patillas y ni una sombra de barba… ¿No le parece raro a tu chavala que nos hables de usted? Aunque igual a ella también la tratas de usted (lo mira entrecerrando los ojos), ¿lo haces, hijo? Tú la tuteas, a la Maica, ¿verdad? Porque espero que a ella le hayas perdido ya el respeto, con lo buena que está.
(El hijo lo mira con cara de malas pulgas).
CECILIO. Al menos me reconocerás que tu novia está bien buena. (El hijo termina con la limpieza, vuelve al motor, a repasar el manual, al motor nuevamente). La Maica es una muchacha de las que sólo quedan cuatro: un culo como está mandao para ser bailarina, bien asentado en esa Scooter suya tan roja que la lleva de aquí para allá, como muy suelta, ¿sabes? Aquí en el taller había un dicho… ¿cómo era? «La mujer motorizada, sirve para ser cazada». Lo decía el Numancio, ¿te acuerdas? El que se quedó sin pulgar. Tenía gracia el Numancio, ¡y buen oído! Te lo digo yo. Recuerdo una vez que nos trajeron un descapotable, con mucha apariencia, pero en cuanto lo arrancabas sonaba como una cafetera. El Numancio, que los tenía bien puestos, se le acerca al señoritingo y le dice: «Le advierto una cosa, ni por cinco de esos descapotables cambio yo el Seiscientos de mi amigo Cecilio». ¿Qué te parece? Nunca se lo he contado a la Maica, ¿crees que venga a comer? Estaría bien que viniera, me cae bien la Maica, bien buena que está. (Fénix ha vuelto a tratar de encender el coche, desiste, mira a su padre apretando el volante entre las manos). ¡No me mires así, chaval, que yo ya te lo aviso! Como te descuides, la pierdes.
FENIX. ¡No es de ninguna ayuda, padre, entérese de una vez! ¿Cree que me ayuda en algo que se presente aquí para estorbarme, cree que me ayuda en algo que me venga a dar la murga?
CECILIO. Mucho menos te ayuda esto que estás a punto de hacer, chaval: este coche es un recuerdo, yo te lo regalé a ti con todo mi cariño, para que llevaras a tu chavala de aquí para allá, para que no tuvieras necesidad de depender de nosotros, de que estuviéramos en casa para meterle mano a la muchacha. Las muchachas necesitan su intimidad, hijo, necesitan que les metan mano de vez en cuando, entérate de una vez… y tu chavala, la Maica, más que las otras, se le nota a la legua.
FENIX. Cállese.
CECILIO. No, hijo mío, no me callarás: a la Maica hay que meterle mano, pero tú, a ti te veo como que no, reticente, como si dijéramos… que eso de meterle mano como que te da reparo…
FENIX. Se llama respeto, padre. ¡Respeto! Yo a Maica la respeto.
CECILIO. Yo no digo ni que sí ni que no, pero me parece a mí que tanto respeto a ella como que no le gusta. No te lo quiero yo decir, pero ella se cansa de tanto respeto, hijo mío, no es natural. La chavala tiene también sus pretensiones: que si ahora me tratan de meter mano por aquí, y no me dejo; que si luego me tratan de agarrar por allá, y me resisto. Y así, a veces cede, a veces no. Pero si ni siquiera tratas de meterle mano, pues la pobre se deshincha, como que no vale nada… yo lo digo por tu bien, hijo mío. No lo vendas, no vendas el Seiscientos, Fénix, haz caso a tu padre que ya ha recorrido muchos kilómetros por ti. Te la traes a comer y a eso de las siete agarras a los dos, al Seiscientos y a la Maica, y te los llevas a la Jarosa con cualquier excusa, enseñarle una cucaracha de las que tú coleccionas, mismamente. Le dices: «Maica, hoy te quiero enseñar una cucaracha de las que salen sólo de noche, así que entra en el Seiscientos y no se hable más». Luego aparcas más allá de la cerca que bordea el pantano: esto es importante, hijo mío, porque si andas dentro de la cerca se presentará antes o después el forestal pidiendo documentación y ahí se acaba todo el romanticismo. Así que aparcas más allá de la cerca, apagas las luces, pero no bajas del coche. Ahí debes quedarte muy callado, como si te comiera la lengua el gato, con la música de Radio Sinacosa muy bajita, hasta que ella te pregunte: «¿Y ahora?» ¡Esa es la señal! Tú le miras a los ojos y le dices: «Ahora es cuando te como toda la boca.»
FENIX. ¡Usted está mal de la cabeza!
CECILIO (rascándose la coronilla, pensativo). Ya, lo de comerle la boca a mí también me suena un poco basto… al fin y al cabo la Maica es bailarina, aunque esté bien buena. ¡Mejor! Tú sólo le miras a los ojos: mejor no digas nada que seguro que metes la pata, hijo; tú callado como un muerto, le miras a los ojos y te vas inclinando hacia ella despacito, así, como que te caes encima de ella sin querer, a ver qué pasa.
FENIX. ¡Y qué va a pasar, padre! ¿Qué va a pasar? Maica no es de esas, padre, está usted muy equivocado: Maica es una chica tímida, decente; una bailarina, padre, no una desesperada de tres al cuarto, a ver si se entera de una vez por todas.
CECILIO. La Maica es de carne y hueso, chaval, y si estuvieras en tus cabales harías caso a tu padre antes de que sea demasiado tarde. ¡Atiende bien lo que te digo! Antes de que sea demasiado tarde.
FENIX. Cállese de una vez…
CECILIO. Más te vale que vayas haciéndome caso, que tu padre está muy bien informado.
FENIX. ¡Usted bien enterado! Lo que me faltaba… (Se miran fijamente un momento, como midiéndose, hasta que FENIX tuerce el gesto, contrariado).¿Qué ha querido decir exactamente?
CECILIO (ofendido). Chitón…
FENIX. Ha dicho que estaba muy bien informado, ¿acerca de qué?
CECILIO. De nada.
FENIX. ¿No habrá visto a Maica?
CECILIO. Me voy a comer con tu madre.
FENIX. ¿La ha visto?
CECILIO. ¿Y qué si la he visto?
FENIX. ¿Cuándo?
CECILIO. Echa el cierre cuando acabes.
FENIX. ¿Cuándo la ha visto?
(El padre hace ademán de subir, el hijo lo agarra del brazo).
FENIX. ¿Cuándo ha visto por última vez a Maica?
CECILIO. A ti qué te importa…
FÉNIX. (Soltándole el brazo, se dirige hacia el coche). Váyase a comer.
CECILIO. (Duda entre subir o quedarse, por fin desciende). Para tu información, la Maica vino a verme una tarde, hará dos semanas: quería que le echara un vistazo a su Scooter. Tenía las bujías hechas un desastre, te diré. Lo menos tres horas estuve limpiándolas, y claro, tres horas dan para muchas confidencias…
FENIX. Y seguro que estuvieron hablando acerca de mí...
CECILIO. Hablamos mucho acerca de muchas cosas…
FENIX. Seguro que le dijo que estaba cansada, que tenía que pensarse las cosas, que quería darse un tiempo lejos de mí...
CECILIO. Me dijo que a veces eras un poco reticente.
FENIX. ¿Reticente?
CECILIO. Reticente.
FENIX. ¿Cómo que reticente?
CECILIO. Eso dijo: «Félix a veces es un poco reticente». Ella te llama Félix, con ele, chaval. También a ella le has dicho que te llamas Félix, como si te avergonzaras de tu nombre. Me dijo: «Félix a veces es un poco reticente», y sonaba cansada. Como si estuviera harta de tus reticencias, así que le conté cosas de cuando yo tocaba con los Cañamones. «Yo tocaba con los Cañamones, hace años», le dije, «incluso salí en la tele en un programa del Iñigo: se me ve muy gordo en la tele, lo menos diez quilos más gordo». Ella me dijo que la cámara engorda, y sí, sí que engorda. «También yo entonces era un poco reticente», le dije, «pero se me pasó con la edad.»
FENIX. No comprendo qué significa eso de ser reticente.
CECILIO. Pues está bien claro. Significa que la Maica se cansa, hijo mío. Que ya está bien de visitar exposiciones de cucarachas disecadas y ferias de congresos, que más te vale lanzarte encima de ella o la perderemos.
FENIX. ¡Déjelo, padre!
CECILIO. Ni siquiera le habías dicho tu auténtico nombre, ¿cómo puede ser? A tu chavala. ¡Al menos hablareis de estas cosas!
FENIX. Es un nombre ridículo.
CECILIO. Es el nombre que recibiste al nacer y tú lo menosprecias, ni siquiera le haces honor: FENIX, como el pájaro que resucita. Un buen nombre. Pero tú, te conformas con un nombre de gato.
FENIX. Un nombre estúpido, un lastre.
CECILIO. Como el Seiscientos.
FENIX. Como mi Seiscientos. Un trasto inútil, que debería estar en un museo…
CECILIO. Disecado.
FENIX. Expuesto.
CECILIO. En lugar de aparcarlo en la Jarosa, donde no llegan los forestales, tú, lo disecas…
FENIX. Ya va siendo hora de que lo jubilen.
CECILIO. Puede que esté viejo, pero aún le queda cuerda para rato, chaval; aunque tú no sepas apreciarlo y lo arrincones. Aún le queda cuerda, atiende a lo que te digo. Para rato. Pero tú, con tus manías de respeto por aquí, respeto por allá, ya te lo aviso, atiende: como no espabiles, le des a la Maica lo que reclama y le pierdas el respeto, la perderemos.
FENIX. ¡Lo que reclama! ¿Y qué es lo que ella reclama, si puede saberse?
CECILIO. ¡Nunca!, ¡nunca atiendes!
FENIX. Claro que he atendido, padre. ¿Crees usted que ella reclama que se la malmetan en un pantano de tres al cuarto, encerrados en un coche que se cae a pedazos, temblando de frío y miedo mientras rezamos para que no se presente ningún forestal?
CECILIO. Mejor que andar entre vitrinas de cucarachas o magreándose por los rincones cuando tu madre no mira…
FENIX. Es cierto, mucho mejor: de santa madre. Lo mejor que le puedo ofrecer a Maica en la vida, a mis treinta años: mira Maica, puedes elegir entre un fin de semana paradisíaco en un pantano infestado de mosquitos en compañía de los forestales o unas vacaciones en el escobero de casa de mis padres, mientras mi madre se ausenta en la peluquería. ¡Le ha tocado el premio gordo a Maica, claro que sí!
CECILIO. No te ponga así...
FENIX. Porque total ¿qué importa lo que el imbécil de Félix quiera, el relamido de Félix, el historiado, el pringado, el fracasado? ¿Qué más da si Félix se está dejando los cuernos en un despacho lleno de encorbatados, trabajando sábados y domingos para intentar ahorrar cuatro cuartos con que regalar a su novia, pongamos por caso (busca en el interior del mono de trabajo un cofrecito de terciopelo que abre para enseñarle el colgante que hay dentro) un colgante donde diga: «lo que ha unido el vino, que no lo separe el hombre», a un viaje en globo por el Coto de Doñana, a un parador con servicio de habitaciones para evitar que nuestra primera vez suceda deprisa y corriendo, como de mala manera, como si no mereciera la pena el esfuerzo?
CECILIO (mirando el colgante estupefacto). Cómo iba yo a saber…
FENIX. ¡Qué va usted a saber, padre!, ¡qué va usted a saber si sólo le preocupa lo que sea de este miserable coche, de esta antigualla! Las cosas hay que hacerlas bien, lleva su tiempo, diantre. Pero usted me mete prisa, me agobia, ¡ala! A tirarse encima de ella como si fuera tan fácil, como si a mi no me importara que lo mejor que tengo que ofrecer a Maica en la vida sea este mísero Seiscientos que ya ni arranca. Yo no soy así, padre, entérese de una vez: no quiero ser músico de feria, ni actor, ni escultor de estatuas cinéticas. Me basta con un apartamento de treinta metros donde llevar a Maica tranquilamente, siempre que sea mío, que me lo haya ganado: una caja que haga de mesa, un colchón y un transistor a pilas, pero míos, padre, míos. Algo que merezca la pena y que pueda llamar mío, ¿es mucho pedir?
CECILIO. Claro que no.
FENIX. Una vitrina llena de escarabajos clasificados por tamaños: todo el capital que tiene Félix en treinta años de vida.
CECILIO. Hijo mío.
FENIX. Déjeme en paz, padre, joder.
CECILIO. Yo no sabía…
FENIX. A usted sólo le preocupa que yo me convierta en lo que usted no pudo ser.
CECILIO. Yo sólo quiero que seas feliz. Yo sólo quiero que dejes esa carrera de ratas en la que estás metido, que las cosas te salgan bien con la Maica…
FENIX. ¡Eso es lo que quiere! Que ironía, padre… mire usted qué fracaso, padre, qué decepción para usted: lea, padre, lea.
(Fénix saca del interior del mono un papel que le tiende al padre. Se trata de una carta: el padre la mira sujetándola floja en la mano, como si no entendiera).
CECILIO. La firma la Maica.
FENIX. Lea, padre, lea.
CECILIO (mira la carta tímidamente, se la tiende a Fénix). Esto son cosas vuestras.
FENIX. ¿Ahora resulta que son nuestras cosas y no quiere ni mirarla? (Se la arrebata, agarra al padre del brazo) Atienda padre: querido Félix.
(Voz de Maica, la lectura se plantea como una proyección en super-ocho sobre la fachada lateral que hay en el escenario, en la que se ve un mosaico de la vida de los dos, colecciones de escarabajos, niños ensayando ballet con ahínco, las caras esperpénticas de profesores severos en contraste con las travesuras de los niños, de los jóvenes: a Fénix sujetándole el abrigo mientras Maica —una muchacha mulata preciosa— le enseña el último paso que ha conseguido hacer, a la salida del ensayo.)
Querido Félix:
Siento tanto dirigirme a ti por escrito, más de lo que puedas imaginar, pero es que a veces me lo pones muy difícil. Cuando me miras con tus ojos de saberlo todo, de conocer lo que está bien y lo que está mal, lo que debe y no debe hacerse, me intimidas de tal forma que, a veces, siento ganas de echar a correr gritando: ¡A MÍ NO!
No quería escribirte, no pensaba escribirte hasta dentro de dos o tres meses, cuando ya me hubiera dejado de escocer tu mirada incandescente, pero es que no, no puedo, estoy demasiado asustada como para no reconocer, al menos ante ti, el miedo que tengo de lo que estoy a punto de hacer. Me marcho, Félix. Me voy a Nueva York, el viernes diecisiete de marzo a las siete quince sale mi avión con destino al JFK. Un vuelo sólo de ida que reservé en oferta hace ya casi tres meses. Sí, has leído bien: tres meses, Félix. Hace tres meses que hice la reserva y el jueves pasado, al volver de clase, saqué los cuatro cuartos que tenía ahorrados desde hace ni se sabe para la entrada del piso y pagué el billete sin pensármelo más.
Hace tiempo que venía dándole vueltas a la idea, llevo demasiado tiempo intentándolo, tratando de sacar adelante esta absurda oposición a profesora de danza. Cuando me convenciste para que hiciera las pruebas en la Compañía Nacional yo, bueno, yo me dejé convencer: en parte me parecía bien tener un trabajo fijo, uno de los trabajos de ocho a cinco, y a mi madre también le pareció bien la idea (a mi madre le parecen bien todas tus ideas, ya lo sabes). Pero luego, una tarde, cuando estaba en la academia de baile preparando los pasos, un, dos, tres, entró la dueña. Yo nunca la había visto: es una señora muy mayor, aunque de lejos no lo parece porque se mueve como si aún tuviera quince años. Rosalin, la preparadora, me dijo que me la iba a presentar: la más prometedora de nuestras alumnas, dijo que yo era. Cuando me acerqué a la dueña y le vi la cara a un palmo de mí, me quedé petrificada: no te imaginas Félix, la de arrugas que tenía. No eran arrugas de estas de expresividad como las de Jane Fonda, qué va: estaba llenita de arrugas, como un pergamino, y debió notarme en la cara lo que me sorprendieron tantas arrugas porque me soltó: el tiempo pasa mucho más rápido de lo que nos gustaría… pero tu no te apures: haremos de ti una funcionaria del baile, y cuando te retires te quedará una pensión como Dios manda y podrás por fin montar tu propio estudio de danza, como sucedió conmigo. Yo sé que me lo decía para animarme, sé que si te lo hubiera contado tú hubieras dicho: Adelante, ¿ves cómo tengo razón? Tú vales para enseñar en la Compañía Nacional de Danza. Pero a mí me entraron unas ganas locas de salir corriendo del estudio de danza en mallot y bailarinas, sacudiendo los brazos mientras voceaba: ¡A MÍ NO!
No puedo, Félix, no lo consigo. No quiero seguir preparando estas pruebas odiosas para convertirme a los mil años en un pergamino orgulloso de sus barras y espejos. No es eso lo que yo quiero: yo quiero bailar, bailar alrededor de un sombrero si hace falta y que me tiren monedas de vez en cuando. Es una idiotez, no lleva a ninguna parte, pero no puedo evitarlo. Tania, una compañera, me dijo que ella se iba a probar suerte a Nueva York: allí no es como aquí, allí hay un respeto por los artistas y cuando dices a alguien que eres bailarina no les notas esa carilla de pobre desgraciada con la que te miran las vecinas al volver del supermercado. No puedo soportarlo, no lo aguanto y me voy. Lo siento, pero me voy. No es por ti, no es por tu mirada incandescente, no es por nadie, simplemente no me queda más remedio.
No me odies, Felix. Un beso, Maica.
(La proyección se termina como si se hubiera acabado el rollo de supero ocho. Se hace un silencio, FÉNIX guarda la carta en el bolsillo).
FENIX. Se ha ido, padre. A América, nada menos.
(CECILIO permanece pensativo un rato, en silencio, como si tuviera que asimilar lo que acaba de descubrir).
CECILIO. Te llama Félix, hijo mío.
FENIX. Ya.
CECILIO. Yo le dije que tu nombre era Fénix, con ene, como el pájaro que resucita, y aún así te llama Félix, hijo mío.
FENIX. No empiece a fastidiar con el nombrecito padre.
CECILIO. No es eso, es que no me lo esperaba de ella… ¡con la de horas que estuvimos hablando ella y yo y ahora, esto!
FENIX. Ya, padre.
CECILIO. No hijo, atiende, es que no me dedica ni media palabra, ni siquiera dice: «Despídeme del Cecil», como si no existiera.
FENIX. De madre tampoco se despide.
CECILIO. Ya, pero no es lo mismo. Con la de horas que me he pasado revisándole la Scooter y ella, ni lo menciona… no me esperaba esto de ella.
FENIX. Tampoco yo, padre.
CECILIO (le quita la carta, la repasa con el morro fruncido, masculla algo y repentinamente, exclama). ¡Una desagradecida! Una desagradecida es la Maica, hijo mío. Con la de horas que me tuvo ahí agachado, revisándole las bujías, hablándole de mi vida como un idiota, ¿te das cuenta? Una pájara de cuidado.
FELIX. Tampoco se pase.
CECILIO (despechado). ¿Cómo que no me pase? ¡Cómo que no me pase! Tu madre acaba de preguntar si la esperábamos para comer y yo, como un imbécil, voy y le digo: echa más arroz. Atiende, hijo mío: le he dicho a tu madre que eche más arroz, por si la Maica venía a comer. Yo preocupándome por ella y ella, ¿qué? ¿Por ahí de parranda con cualquier guiri del tres al cuarto? Si es que ya lo veía yo venir, hijo mío: la Maica es una pájara de cuidado.
FENIX (arrebatándole la carta). No hable de Maica en esos términos.
CECILIO. Una pelandrusca, ya te lo digo yo. Llamarte Félix, como si fueras un gato. ¿Te avisé o no te avisé de que esto iba a suceder?
FENIX. Está en su derecho, padre, ¿no lo ha oído? Dice que yo la empujé, que la obligué a preparar esas oposiciones, a pasar a diario ocho horas acompañada de esos pergaminos, un, dos, tres, como si su vida no mereciera la pena.
CECILIO. Bien que podía haber dicho algo, hijo mío.
FENIX. ¿Para qué? Para que yo la mirara con… ¿cómo ha dicho? (Lee). «Tu mirada incandescente», ¿oye lo que me dice? ¡Tu mirada incandescente! ¿Qué significa eso, vamos a ver…
CECILIO. Haber avisado. Decir: «Yo ya no aguanto más esta carrera de ratas», en lugar de largarse sin despedirse.
FENIX. No, padre, no podía. Ella sabía que yo le diría que siguiera con las oposiciones, que hiciera algo práctico con su vida a cambio de… ¿a cambio de qué? ¿De un aprendiz de abogado que lo mejor que tiene que ofrecerle es este mísero Seiscientos?
CECILIO. Yo la hubiera animado.
FENIX. Ya me lo figuro, padre: usted le habría dicho que se largara, ¿cree que no lo sé? Vete a América, Maica, que total Félix ya se irá tras de ti si quiere, dejará su carrera, aparcará sus aspiraciones para correr en tu busca. ¿Qué se creen, que va a ser llegar a Nueva York y besar el santo? No, padre, no. Ya se lo digo yo: se necesita tiempo, padre. Pero Maica no se podía esperar: me voy a Nueva York, me dice. ¡A Nueva York, nada menos! Anda que se va a Londres, no. A Nueva York, padre, a ver si me libro de tu mirada incandescente, Félix, poniendo mar de por medio. ¿Pero es que no lo ha oído?
CECILIO. Y encima te llama Félix.
FENIX. Pues a ver si usted me explica lo que quiere decir con eso de la mirada incandescente, porque es que yo, de verdad que no entiendo nada.
CECILIO (didáctico). Quiere decir que la Maica se cansa, hijo mío. Que en lugar de decirle lo de las oposiciones podías haberle dicho: adelante, Maica, prueba fortuna durante una temporada que ya se verá cómo salimos adelante. Y si la cosa sale mal, aplicamos el talento a la vida.
FENIX (guarda la carta). De todas formas ya está (cierra el capó), se acabó (busca una gamuza y un tarro de cera para ir embadurnando el seiscientos concienzudamente), que le vaya bonito… (se detiene un momento) al menos tendré los viernes para ver a mis amigos. (Continúa embadurnando el coche con cera).
CECILIO. Eso es verdad. (Pausa). ¿Te refieres a los escarabajos?
(FENIX le clava la mirada).
CECILIO (levantando las manos). Porque a mi me parece bien que colecciones lo que te de la gana, no te digo. Como si coleccionas conquistas, aunque mejor que tu madre no se entere.
FENIX. Déjelo, padre. (Continúa embadurnando el coche frenéticamente).
CECILIO (pensando en voz alta). Por otro lado… (FÉNIX hace como si no le oyera)… me da en la nariz que la Maica volverá.
FENIX (Tira el trapo al suelo, deja el bote de cera encima del techo y vuelve al manual de mecánica, pasando las páginas como si buscara algo concreto). Ya… (Refunfuña) …que la invite a comer y después, ala, a la Jarosa, como si fuera tan fácil… me libro de este trasto y punto: regalado, le diré. Lléveselo, que se lo regalo.
CECILIO. De eso nada, hijo mío: más te vale ir ahorrando para el paseo en globo porque la Maica se vuelve.
FENIX. Que sí.
CECILIO. Talento aplicado a la vida, esa es la clave. Atiéndeme bien: talento aplicado a la vida. (Cecilio lo persigue allá adonde Fénix vaya, como un niño pequeño necesitado de atención). Como cuando tu madre se embarazó, que ni siquiera estábamos casados. (Fénix le clava la mirada y el padre baja la vista, permanece un momento en silencio y cuando Fénix reanuda la tarea, él prosigue, como si no pudiera evitar contar la historia una vez la ha empezado). ¡De aquí para allá iba yo con el grupo! Y tu madre, bueno, tu madre estaba bien buena así que me la llevé de gira y un buen día, catapún, me dice que está preñada. ¿Te quieres crees que casi me da un patatús?
FENIX (rehuyendo). Ya, padre.
CECILIO (persistiendo en su acoso). Atiéndeme bien: a mí me no me hacía ninguna ilusión tener un hijo…
FENIX. Sí, ya sé. (Lo esquiva para alejarse de él.)¿Cree que no lo sé? Se pasó los mejores años de su vida yendo de aquí para allá con su grupo, durmiendo en caravanas y comiendo en merenderos; a mi edad usted ya tenía tanto mundo recorrido que lo único que le importaba era cumplir de ocho a cinco en el taller de su suegro y dedicarse a disfrutar de las cosas sencillas, un paseo por aquí, una birra por allá, mientras que yo, ¿yo qué, padre? ¿Qué tengo yo? Una novia que se larga sin darme tiempo a abrir la boca y este miserable coche… (Inspira profundamente) Déjeme en paz, padre.
(Se hace un silencio prolongado, muy tenso, en el que Cecilio recoge la bayeta del suelo y se dedica a sacarle brillo a las zonas que Fénix ha ido embadurnando de cera).
CECILIO (en voz baja). Te equivocas, hijo mío.
FENIX. Ya, padre.
CECILIO (elevando un poco el tono). Las cosas tampoco fueron fáciles para nosotros…Yo (se lo piensa un momento)… Yo (inspira, cierra los ojos). Yo abandoné a tu madre, hijo mío.
FENIX (escéptico). Sí, claro.
CECILIO (acercándose, decidido a hacerse oír). Atiéndeme por una vez, chaval: yo abandoné a la Sonsoles, (Fénix lo mira fijamente y Cecilio sonríe, avergonzado) la abandoné, no es algo de lo que esté orgulloso, pero es la verdad, hijo mío. Nos conocimos en el concierto de Benidorm: tu madre y dos amigas subieron al escenario a animar el cotarro. Cuando la vi, con esos pantalones ajustados y la melena con trencitas supe que era amor, así que en cuanto terminó el concierto me levanté de la batería y me fue hacia ella: «si fueras de alpaca te llevaría en mi oreja», le dije. Y ella, como es natural, se enamoró al instante y se vino con el grupo lo que quedaba de gira. ¡No veas cómo lo pasábamos! Íbamos quince personas lo menos, el Chapas, el Pelos, el Moñi. El Dólar, que era el manager, había comprado una camioneta que más bien parecía un armario con ruedas para recorrernos la costa de parte a parte; dormíamos al mogollón en albergues o tiendas de campaña, haciendo guardias para vigilar que no nos mangaran el equipo; comíamos en merenderos de playa, bocatas de calamares y una caña que nos sabía a gloria. Tu madre y yo parecíamos conejos: todo el día dale que te pego que si en las casetas de playa, que si en los baños del camping. No era como ahora, qué va: antes los retretes de los campings eran auténticas pocilgas, pero no nos importaba porque estábamos enamorados como burros. Entonces, una noche, ya habrían pasado cuatro o cinco semanas desde que tu madre se vino, estábamos tumbados al raso encima de la mesa del merendero cuando me suelta: Cecilio, creo que estoy embarazada. Yo me quedé petrificado, ni respiraba pensando que tu madre me daría por dormido y no repetiría aquello del embarazo. Pero ella se incorporó y me dijo: un hijo del amor. ¿Qué te parece, hijo mío? ¡Un hijo del amor, nada menos! Al día siguiente salíamos hacia El Grau, y cuando ya teníamos las cosas cargadas en la camioneta, le digo: «Anda Sonsoles, acércate al merendero y te traes unos bocatas para el camino».
(FENIX lo mira entre contrariado y escéptico.)
CECILIO (desviando la vista). Así que mientras ella iba al chiringuito yo les dije a los demás que nos fuéramos, que la Sonsoles se había aburrido y se volvía a casa. A ninguno le extrañó: era natural que las acompañantes se cansaran de estar en la carretera todo el día y se largaran a mitad de gira. Sin embargo, el Chapas no tenía todas consigo. «¿Estás seguro, Cecil?», me dijo. Y yo: «Seguro de qué», le repliqué. Así que arrancaron la camioneta y dejaron de darme la murga.
FENIX (censurándolo). Así que la dejaste tirada en un chiringuito de mala muerte, ¡muy bonito!
CECILIO (plantándole cara). Ponte en mi lugar, chaval: yo con veintitrés años, cargando con una chavala de diecisiete y un bebé, ¿cómo iba a convertirme en la estrella que yo quería ser?
FENIX. Mamá nunca me lo ha contado.
CECILIO. El caso es que nos quedaba todavía un mes de gira, conciertos, locales, y te aseguro que la contrata prometía pero, de buenas a primeras, las cosas se torcieron: al llegar al siguiente pueblo, Arévalo se llamaba, fíjate si me acuerdo, nos enteramos de que el cabrón del Dólar se había largado con el anticipo y los técnicos de sonido se amotinaron. No pudimos tocar, y lo que es peor, tampoco podíamos devolver el dinero a los organizadores así que salimos por patas. Luego el Moñi, que tocaba la guitarra acústica, se partió el brazo en una mala caída así que nos quedamos sin acústica y para colmo de males, a mí parecía que me hubiera hechizado porque cada día tocaba peor: era como si de la noche a la mañana me hubiera quedado sordo y ya podía desgañitarse el Chapas al micro, que yo no daba una. La gente nos abucheaba, nos tiraban de todo. Ya sabes, en los pueblos no se andan con chiquitas, así que una tarde, el Chapas, que era un tío muy espiritual, me agarra y me dice: «¿Hace cuánto que no confiesas tus pecados, Cecil?» Y yo: «No sé de qué me hablas, Chapas». «Te hablo del hada de la suerte que hemos dejado por el camino», me dice él. «Cojona, Chapas, habla claro», le digo yo. «Me refiero a Sonsoles, el hada de los cántaros». «Amos no jodas, Chapas», le dije yo, «ahora voy a ser el único que deja tirada a una en mitad de la gira». El otro me mira, se enciende su chiri, da dos caladas y me dice: «Eres el único capaz de dejar tirada a su hada de la fortuna y ni siquiera darse cuenta». Cojona, Fénix: tú no conociste al Chapas porque se nos fue antes de tiempo en un mal viaje, pero llevaba una pelambrera a lo Mesías y tenía unos colmillos afilados que acojonaban, como una mezcla entre Dios y el Demonio. Así que yo tragué saliva y me volví a sentar a la batería, dándole vueltas a todo aquello de la mala fortuna. Aún así, atiéndeme bien, aún así me resistí a hacerle caso e ir en busca de la Sonsoles: ¿qué iba a hacer yo con una muchacha y una criatura, por muy hada de la fortuna que ella fuera?
FENIX. Ya, padre.
CECILIO. Yo era reticente, como tú, sólo que a la inversa, así que me esperé hasta el verano siguiente, atiéndeme bien, hasta la siguiente gira, sentándome a la batería un día sí y otro también, resistiéndome a reconocer que ya no tenía sentido del ritmo, hasta que encontré el valor suficiente para llamar a la puerta de la Sonsoles. Allí que me fui, con la camiseta de la paloma que tanto le gustaba. «¿Dónde está?», le dije al abuelo Ricardo cuando me abrió. «¿Cómo tiene la desfachatez de presentarse en mi casa, desgraciado?», me dijo él. «Sí señor, yo seré un desgraciado pero me pienso enmendar», repliqué y lo aparté a un lado para ir al encuentro de tu madre que se asomaba al final de la escalera. «Sonsoles», le dije, «¿dónde está la criatura?» Ella me sonrió como si no se sorprendiera de verme: «Es un niño, Cecilio», me dijo llevándome hasta tu cuna de la mano, «y se llama Ricardo».
FÉNIX. ¿Ricardo?
CECILIO. Como tu abuelo. Yo te vi ahí, tan chiquitín en esa cunota, tan poquita cosa a tus ¿cuánto? ¿Cuatro meses? Pero ya se te veía el carácter porque te me quedaste mirando con unos ojos tan fijos que ni a tocarte me atrevía y de pronto, como si me reconocieras, estiraste la mano y me agarraste la barba. «Carajo cómo agarra el chaval », le dije a la Sonsoles. «Como el padre», me dice ella y nos echamos a reír. «El nombre es provisional, Cecil, hasta lo registremos», me dijo en voz bajita. ¿Has atendido? Tú madre estaba convencida de que yo iría a buscarla. Estaba bien buena, tu madre, con aquellos cántaros y esa mirada de no pedir nada a cambio, así que me arrodillé ante ella. Sí, hijo mío, me puse de rodillas y le dije: «Elige el nombre que más te guste, Sonsoles, que yo aquí no soy más que un miserable». Y ella va y dice: «Me gustaría llamarlo Fénix, como el ave que resucita». «Lo que tú digas, Sonsoles», dije yo, «Y espérame aquí que ahora mismo voy a hablar con tu padre. ¿No tiene usted un oficio para un hombre que quiere merecerse a su hija?», le pregunté a tu abuelo. Era un hombre cabal tu abuelo, clásico pero cabal. Él me miró y dijo: «Puede que tenga un hueco para ti en el garaje, pero sólo si mi hija así lo desea». Así que entré a trabajar en el taller de tu abuelo y enseguida mi suegro se dio cuenta de la habilidad que yo tenía para escuchar los fallos del motor. Era único, por el oído musical, te das cuenta. Así que el negocio empezó a prosperar… y, ya ves, hasta aquí puedo leer…
FENIX (resentido, entra en el coche y trata de poner en marcha el motor). O sea, que básicamente se jodieron la vida por mi culpa.
CECILIO. ¿Ves como no atiendes?
FENIX. ¿No me ha dicho eso, padre?: «Hijo mío, nosotros llevábamos una vida de película, que si conciertos, que si amigotes, lo que siempre quise hacer, y por tu culpa nos disecamos en un garaje para servir de exposición a los vecinos».
CECILIO. ¿Ves como tu madre tenía razón, como era mejor que no te contara nada de esto?
FENIX (busca la palanca debajo del salpicadero y abre el capó). No, padre, si me ha venido a alegrar usted el día. Usted lo único que busca es salirse con la suya: que yo no venda el seiscientos por si Macia regresa y me la puedo llevar a la Jarosa a meterle mano, y por eso me recuerda cómo tuvo que joderse la vida por mi culpa… (Enciende la radio del coche, sintonizada en una emisora de radio con música de los setenta, sale del coche y se vuelve a encorvar encima del motor).
CECILIO (apaga la radio). Pero hijo, no entiendes que eso es para lo que sirve el talento, no te das cuenta de lo mucho que ganamos con el trueque tu madre y yo: de la noche a la mañana yo, músico ambulante, conseguí asentarme, verte crecer en lugar de andar de aquí para allá cargado de bártulos y corriendo para que no nos apedrearan al salir del escenario. A las cinco, atiende a lo que te digo, a las cinco a mí se me acababa la jornada: igual me daba que hubiera tres que treinta y tres coches en la cola, esperando a que les oyera el motor para descubrir lo que tenían. Yo cortaba, me agarraba a la Sonsoles y el Seiscientos y nos íbamos a por ti a la escuela: un bocata, una caña y ¡ala! A verte correr de aquí para allá por el Parque de la Aurora. Ya entonces te daba por perseguir escarabajos, mira tú. A tu abuelo se lo llevaban los demonios cada vez que bajaba al taller y le decían: «En el parque anda, con el chaval». Pero yo ya se lo dije bien clarito: a mí nadie me iba a contar lo que era ver crecer a mi chaval, agarrarle las cajas de bichos si es que a él, a ti, te daba por ahí. Yo cumplía de ocho a cinco: coche que escuchaba, coche que arreglaba. Porque aquí donde me ves yo tengo una habilidad, un talento especial que hasta entonces no había aprovechado. Lo que antes me servía para darle a la baqueta y seguir al Chapas cuando estaba al micro, ahora me valía para convertirme en el mejor mecánico de aquí a Teruel: un oído para los motores que ya lo quisieran otros. Lo que yo llamo el talento aplicado a la vida, Fénix, ¿no te das cuenta?
(Fénix se ha quedado quieto encima del motor: Cecilio lo observa en silencio, vuelve a encender la radio y sintoniza una emisora de música comercial. Se dirige a la escalera.)
CECILIO. Lamento haberte dado la murga, hijo mío. (Sube dándole la espalda a Fénix.)
FÉNIX (tragando saliva, se incorpora). Yo pensaba que el nombrecito había sido cosa suya.
CECILIO (de espaldas aún, gira la cara). Ya ves que no.
FENIX (inspira profundamente). ¡De acuerdo, padre! (Cerrando el capó con un golpe seco). ¡Usted gana! ¿No quiere que lo venda? Pues no lo vendo. Cuando llegue el comprador le diré que se marche, que he cambiado de idea, ¿qué le parece?
CECILIO. Haz lo que quieras.
FENIX. ¡Pero no ve que le estoy dando la razón, padre! Ahí se lo dejo aparcado, que críe moho. (Quitándose el mono, doblándolo: debajo lleva un traje barato de ejecutivo y una corbata. Se atusa en el cristal de la ventanilla, se limpia la grasa de la cara). ¿No le parece bien? ¿No está contento?
CECILIO (bajando un escalón, apoyándose en la barandilla). A mí me parece que si lo que tu quieres hacer es venderlo, que lo hagas, pero no lo menosprecies sólo porque lleva unos cuantos kilómetros de más en el cuerpo.
FENIX. ¿Quién lo menosprecia, a ver?
CECILIO. Tú.
FENIX. Sí, claro, lo menosprecio y por eso me empeño en sacarle cuatro duros a esta antigualla.
CECILIO. ¿Lo ves? ¿Ves como lo menosprecias?
FENIX. Está bien, padre: lo retiro. ¿Se queda contento? Lo retiro: es el mejor coche del mundo, un privilegio ser el propietario de esta cafetera.
CECILIO (sacando el tabaco, pero sin bajar del todo, como si se resistiera a abandonar el garaje. El pulso le tiembla al llenar el papelillo de tabaco). No vale retirarlo.
FENIX (exaltado). Joder, padre, ¿qué más quiere? ¿Qué deje mi trabajo? ¿Qué le diga que estoy orgulloso de conducir un coche que se cae a pedazos mientras mi novia me la pega con un yanqui de tres al cuarto?
(Entra un chico por la puerta que da a la calle: es un chico joven, ataviado con un chándal de colores fosforito y gorra y zapatillas de deporte exageradas, un auténtico maquinero con el pelo rapado que no tendrá más de diecinueve años, y camina con paso atlético, un poco desgarbado, pero decidido. El chico saca un recorte de periódico, mira el número que hay pintado a un lado la fachada, entra en el garaje).
KEVIN. (Irrumpiendo). Este es el quince, ¿que no?
FENIX (avergonzado al verse sorprendido en plena discusión, respira hondo para tranquilizarse). Sí, aquí es.
KEVIN. Es aquí donde se vende el seiscientos, ¿verdad?
FENIX. Que sí, pero usted quién es... (Lo mira despectivo, de pronto comprende.) ¿Es usted Kevin?
KEVIN. El mismo.
FENIX. Parecía más mayor por teléfono.
KEVIN. Lo dicen siempre, por teléfono me pongo como serio, ¿que no? ¿Es este de aquí? (Rodea el coche, dándolo por hecho: lo revisa, lo acaricia, chasca la lengua cuando ve el espejo retrovisor pero sin darle demasiada importancia, en el fondo). Parece que no lo han cuidado mucho (haciendo ademán de abrir la puerta del conductor), ¿se puede?
FENIX (mirando a Cecilio dubitativo). Sí, bueno…
CECILIO (colocándose ante la puerta del conductor para bloquear el acceso). Tenemos algo que decirle, ¿no es así, hijo mío?
FENIX. Bueno, esto, Kevin, es que se ha presentado un problema de última hora y, en fin, no puedo venderlo.
KEVIN. No joda.
FENIX. Yo lo siento más que usted, créame, pero no.
KEVIN. Pero, ¿por qué?
CECILIO (en voz baja). Porque no queremos que lo disequéis en una exposición, ¿qué te parece?
KEVIN (lo mira frunciendo el ceño, como si no supiera cómo reaccionar). ¿Cómo dice?
FENIX (lo aparta a un lado, condescendiente). No haga caso a mi padre. No rige muy bien…
CECILIO (fanfarrón, elevando el tono como si quisiera provocar). Porque nos da por saco que lo aparquéis en un museo como una reliquia inservible, ¿te vale?
KEVIN. A qué se refiere.
FENIX (forzando una sonrisa). El problema es que ni siquiera arranca. (Entra en el coche, trata de ponerlo en marcha: el coche se cala). ¿Lo ve? Nada, se ahoga, como asmático. Creemos que se trata del motor de arranque o… la correa…
KEVIN. Ya veo, ya.
CECILIO. Claro que a ti tanto te da cuando lo único que quieres es meterlo en tu feria de tres al cuarto para que los mirones encuentren un motivo para pagarte, ¿verdad niñato?
KEVIN. Oiga, señor, no me toque las narices que igual se lleva una sorpresa.
FENIX (conciliador). Lo que mi padre quiere decir es que no está muy de acuerdo con que el coche se vaya a dejar de exposición.
KEVIN. ¿De exposición?
FENIX. En las ferias o lo que sea que hagan ustedes. A él las exposiciones le repatean.
KEVIN. ¿Quién ha hablado de exposición?
FENIX. Usted mismo.
KEVIN. ¿Yo? ¿Yo nunca he podido hablar de exposición?
FENIX. ¿No me dijo usted ayer mismo: «lo quiero para una exposición de Seiscientos»?
KEVIN. ¿Qué exposición? ¡Competición! Lo quiero para la competición de Seiscientos: La Carrera del Fin del Mundo en el Jarama, ¿no les suena?
CECILIO (se acerca al muchacho). ¡Amos, no jodas!
KEVIN (confraterniza al ver el interés del padre). Sí señor, a eso me dedico (enseña el logo de la gorra): preparo coches para las carreras y los conduzco que te pasas. El año pasado llegué en cuarta posición y eso que el coche se gripó, así que ahora necesito uno que esté bien y ponerlo a punto para mayo… pero claro, si ni siquiera arranca.
FENIX (mira primero al padre, contrariado; después, a Kevin). Es un coche muy antiguo, no es de extrañar que no arranque, lo que no significa que no se le pueda sacar aún algún partido: aprovechar alguna pieza, la tapicería, mire, la tapicería está en muy buen estado… y el motor… (se agacha para tirar de la palanca que abre el capó, sale del coche y lo levanta), vea...
KEVIN (mirando el motor con interés). Ya, pero es que no arranca. ¿Para qué quiero yo un coche de competición que no arranca? Déjelo.
FENIX. Es que lo que yo aquí le vendo es una antigüedad, vamos a ver, no un coche de competición, a ver si me entiende…
KEVIN (mirando el coche pensativo). Igual de desguace le puede sacar algo de provecho, pero, no sé… No, déjelo. A mí un Seiscientos que ni arranca, no, que no me lo endosan ni regalado, vaya.
FENIX. Ya, bueno, se comprende.
CECILIO (que se impacienta). ¡Cómo que se comprende! Quita de en medio, chaval. (Le da un empujón al chico para apartarlo del capó).
FENIX. Discúlpele, no está bien.
CECILIO. Quita de ahí, cojona, sal de en medio, Fénix. (Fénix se aparta y Cecilio saca la mano que lleva todo el tiempo en el bolsillo de la bata, se quita la prenda para quedarse en una camiseta, con las mangas cortadas, revelando una quemadura que le cubre completamente el brazo derecho y casi todo el torso —este es un detalle que no debe tener relevancia dentro del discurso pero explica el retiro temprano, el afán del hijo porque deje el tabaco—. CECILIO se coloca el cigarro apagado en la boca, abre el capó y se pone a hurgar en el motor).
KEVIN. ¡Ondias!, ¿qué le pasó en el brazo?
FENIX (con aprensión). Se quemó cuando reparaba una furgoneta.
KEVIN (acercándose a Cecilio). ¿Y eso?
CECILIO (levantando la cabeza, con el cigarrillo apagado en los labios). La brasa del cigarro, la muy cabrona, tú ya me entiendes… (hace un gesto de llamarada) ¡Boom! Como un churrasco. Siete meses en el Clínico, ni te imaginas lo mal que huele la planta de quemados.
FENIX (revuelto). Déjelo, padre.
CECILIO. A Fénix no le gusta que hable de eso, me lo tiene prohibido. Fénix es muy clásico para estas cosas, como que no se deben sacar según que temas, tú ya me entiendes.
KEVIN. ¿Quién es Fénix?
FENIX. Fénix soy yo.
KEVIN. Ah. ¿Fénix?
FENIX. Sí.
KEVIN. Porque ese es su nombre de pila, ¿verdad, señor? Fénix.
FENIX. Que sí.
KEVIN. Qué caña, ¿no? Fénix. Eso era un pájaro griego, ¿qué no? Hay uno que compite como Ícaro, por eso lo sé. Me lo miré en el Google, para estar preparado, y ponía no sé qué de unas alas de cera y que al final se despeñaron, ¡así les va! Yo al mío lo llamo Superprotón, mola, ¿eh? Lo tenía pintado de rojo y unas llamas verdes fosforito como nucleares aquí (señala los bajos del coche), pero me dijeron que tenía que ceñirme al estándar, así que lo adorné con cenefas de cuadros y esas cosas, en plan clásico (al hijo):a ti te gustaría.
(El padre termina de hurgar en el motor, se sienta en el asiento del conductor, y consigue ponerlo en marcha: ronronea como un gato).
CECILIO. ¿Qué, qué dices ahora?
KEVIN. ¡Ondias!
CECILIO (saliendo del coche). Si es que le hacen falta unos mimos, que le pierdan el respeto, tú ya me entiendes.
KEVIN (el chico se sube, acelera). ¡Qué caña!
CECILIO. Atento, chaval, porque aún lo puedo afinar más todavía.
(CECILIO vuelve a encorvarse encima del motor: aprieta algo, el motor suena más suave. Él sonríe con satisfacción y se enciende la colilla que lleva en los labios).
FENIX. Padre, vamos, no fume encima del motor, diantre.
(CECILIO cierra el capó).
KEVIN. ¡Ondias, tío! Y, ¿por cuánto me saldría?
(CECILIO mira al hijo).
FENIX. ¿Cuánto ofreces?
KEVIN. Bueno, no estoy muy fino ahora mismo. Le puedo dar trescientos euros.
CECILIO. Amos, no jodas, ¿trescientos por una delicadeza como esta? Con eso a mi chaval no le llega ni para alquilar un bungalow en la Jarosa.
KEVIN. Cuatrocientos entonces.
CECILIO. Ni hablar: a partir de mil igual te hacemos caso.
KEVIN. ¡Mil euros!
CECILIO. De ahí para arriba.
KEVIN. No tengo tanto dinero.
FENIX. Padre, no, déjelo. No ve que no tiene tanto.
CECILIO. ¿Tú quieres el coche o no? (Se sienta dentro, lo acelera para que escuche el motor). Porque si no lo quieres… (apaga el motor, sale, cierra con llave).
KEVIN. Claro que lo quiero señor, pero no a cualquier precio, vamos a ver.
CECILIO (acariciando el coche). ¿Cuánto puedes pagar ahora, en metálico?
KEVIN. Cuatrocientos, como mucho.
CECILIO. Vale: digamos que nos das quinientos ahora, y yo, que soy así de majo, te fío los otros quinientos para que nos los des al terminar la carrera.
KEVIN. Joder, no sé. Tengo que pensarlo.
CECILIO. Piénsalo, chaval, pero ya te lo aviso: tenemos cola para venderlo.
KEVIN (sincerándose). A mí lo que no me convence es que ustedes me digan que me lo fían, vamos a ver… ya me sé yo el truco: les doy cuatrocientos ahora y cuando llego a la esquina, ¡cataplas!, se queda para el desguace.
FENIX. Quinientos ahora hemos quedado, ¿verdad padre?
CECILIO. Y otros quinientos cuando sean las carreras… tú verás lo que te interesa.
KEVIN. ¿Y me lo va a fiar así sin más, quinientos euros del ala hasta que terminen las carreras?
CECILIO. Si lo quieres…
FENIX. Lo pondremos todo por escrito en un contrato, a ver si te crees que somos idiotas.
KEVIN. ¿Por escrito? (Acaricia el coche, se rasca la nariz, pensativo). ¡Trato hecho! (Se palpa los bolsillos). ¿Dónde hay un cajero por aquí?
CECILIO (señalando al público). ¿Ves la farmacia, allí, donde aquella vecina del cuello alto nos mira como pasmada?
KEVIN. Sí.
CECILIO. Pues justamente detrás lo tienes, de Servired, ¿te vale?
KEVIN. Sí, bien. Ahora vengo. (Baja trotando al patio de butacas y unos pasos más adelante se gira). ¡Guárdenmelo!
FENIX. ¡No te apures, que aquí lo reservamos!
(Cuando Kevin desaparece entre el público, el padre se vuelve a poner la bata y susurra).
CECILIO. Talento aplicado a la vida, esa es la clave. (Fénix permanece con la vista clavada en el lugar por dónde ha desaparecido el chico, como si aún no se creyera lo que ha pasado). La Maica volverá, atiende lo que te digo. Y le darás otra oportunidad, ya lo verás.
(El hijo no contesta y el padre le atiza un golpe en el brazo).
CECILIO. ¿Ves como no atiendes?
FENIX (frotándose el golpe). Que ya, padre.
CECILIO. Exposición, me dices. Lo quiere para una exposición. ¡Competición, ya lo has oído! El chaval te decía que iba a utilizarlo en una competición… anda que si lo llego a saber ni me molesto. (Sonríe al hijo). Estarás contento: mil eurazos por esta antigualla.
FENIX. Que sí, padre.
CECILIO (puñetero). Mira que estoy por decirle que le ponga tu nombre al coche: Fénix, el resucitado, ¿qué no?
FENIX. Se lo advierto, padre: como me fastidie con el nombrecito le van a dar mucho a la transacción.
CECILIO. Mucho por saco.
FENIX. ¿Cómo dice?
CECILIO. Que le van a dar mucho por saco, se dice.
(FÉNIX tuerce la cabeza y saca unos modelos de contrato del bolsillo interior de la chaqueta. Se le ve satisfecho, su actitud corporal de pronto se ha vuelto amplia, segura, en lugar de constreñida. Se inclina cuidadosamente sobre el capó, se saca una pluma del bolsillo que sacude para que escriba, y se pone a rellenar los contratos, mirando de cuando en cuando en torno suyo como si estuviera incómodo. CECILIO mira por encima de su hombro lo que hace, como antes hiciera FÉNIX con él. FÉNIX levanta la cara hacia él).
FENIX. ¿No ve que me pone nervioso si me mira? (CECILIO se aparta. FÉNIX vuelve a los papeles). Ande, súbase a comer y dígale a mamá que Maica que no, que no viene.
CECILIO. No viene, de momento.
FENIX. Lo que usted diga, padre, pero se lo aviso (apuntándole con la pluma): no le diga a mamá nada más acerca de Maica, ¿entendido? (Volviendo a los papeles). Lo último que me falta es que ella también venga a darme la murga.
CECILIO. Trato hecho. (Vuelve a asomarse por encima del hombro del hijo tratando de ver lo que escribe, el hijo se detiene cuando lo nota ahí observándolo, incómodo, y lo mira para que se vaya. El padre disimula). Tú ándate con ojo y pídele al tal Kevin el carné de identidad, que este chaval es un pájaro de mucho cuidado y lo mismo le das el Seiscientos y no lo vuelves a ver, atiende a lo que te digo. (Se dirige a la escalera, sube dos escalones).
FENIX (se rasca la nariz, tratando de concentrarse en sus papeles, sin conseguirlo). ¡Padre!
CECILIO. Ahora, ¿qué?
FENIX. Écheme el cierre, ande.
CECILIO. Si va a venir el tal Kevin a llevárselo en cinco minutos.
FENIX. A usted qué más le da.
(Cecilio aspira su cigarro, se encoge de hombros, desciende la escalera para dirigirse al cierre metálico y bajarlo. A continuación abre la portezuela para entrar en el garaje y la cierra tras él).
FIN
